Sobre mí

Palabras previas

Puede que los datos sobre la vida personal de los artistas plásticos, vivos o muertos, y las largas listas de exposiciones, publicaciones y premios que suelen nutrir sus currículos, no consigan aportar el más mínimo ápice de energía a la experiencia que pueda suponer la contemplación directa de su obra.

Desde mi punto de vista, en la pintura sólo caben dos protagonistas, la obra y el espectador. Cuanto más limpio de información se presente un cuadro, cuanto menos aparezca el autor, y más el espectador, más posibilidades se presentarán de suscitar en él una mirada abierta y desprovista de prejuicios, y por tanto la posibilidad de experimentar el misterio de un encuentro. Vanos me parecen también críticas y comentarios más o menos eruditos de cualquier signo, al menos en lo que a la experiencia estética se refiere.

Sirva este espacio para recordar una vez más que la experiencia artística no puede suceder más que frente a la obra misma, y por tanto, las reproducciones sólo constituyen una débil e ineficaz aproximación, completamente desprovista de magia, incluyendo esta web.

Alberto Donaire

Mis comienzos

Yo nací en Úbeda (España) en 1962, y allí pasé mi infancia.

Mis primeros recuerdos están asociados a los olores a óleo y a esencia de trementina. Mi padre pintaba todas las tardes en su estudio, y yo, a mis cinco o seis años, lo acompañaba mientras escuchábamos flamenco o música clásica.

Tal vez mi propio interés por la pintura no iba mucho más allá que el de cualquier niño, pero aquellas tardes marcaron gratísimamente mi infancia, y dejaron enterrada en mí una valiosa y fértil semilla.

Sin embargo, había dos cosas que me encendían de pasión con sólo pensar en ellas, la arqueología y la naturaleza salvaje. Coleccionaba los fascículos de «Fauna», que mi abuelo me enviaba regularmente y las pequeñas piezas arqueológicas que me regalaban o que yo mismo recogí en la visita a unas ruinas ibéricas a las que me llevó mi padre.

Un día, mis abuelos me enviaron la bases de un concurso de pintura que se celebraría en Sevilla y mi padre me ayudó a preparar un modelo con un jarrón y flores frescas; y hasta me prestó sus lápices de acuarela. Enviamos el trabajo y, días después, recibimos una llamada anunciándonos la buena noticia: el cuadro había sido premiado con quinientas pesetas. Aquel evento me dio un impulso, pero sobre todo a mi padre, que me propuso empezar a aprender con mayor dedicación y seriedad.

Obra premiada en el concurso de pintura infantil del Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla. 1977.

Y así, semanas después, entré como alumno libre en las clases de dibujo de la Escuela de Artes y Oficios de Úbeda. No admitían alumnos por debajo de los 12 años pero el profesor tenía amistad con mi padre. Las semanas que pasé allí constituyeron mis primeros estudios formales de dibujo.

Recuerdo aquellas tardes oscuras de invierno dibujando al carboncillo o con lápiz figuras geométricas blancas iluminadas para estudiar el volumen. Así empecé.

Aunque mis anhelos interiores me pedían aventuras al aire libre y aquellas sesiones me aburrieron y hasta me resultaron un poco tediosas, hoy sé que aquellas lecciones sobre formas, luces y sombras cimentaron en mí una sólida base para la representación del volumen.

La decisión de hacerme pintor

Cuando tenía once años nos mudamos de Úbeda a Sevilla y durante el resto de mi infancia y adolescencia no volvería a acordarme de los colores.

Cuando me acercaba a los dieciocho años se hizo necesario decidir qué hacer después de la enseñanza secundaria, pero para entonces yo había desarrollado una gran aversión a las aulas oficiales (que, por cierto, conservo como oro en paño).

Entonces surgió la ocasión de participar en un programa de intercambio que me llevó a Suecia, donde pasé un año viviendo con una familia (maravillosa) cerca de Estocolmo.

Aquel año tuve la fortuna de conocer al pintor Acke Oldenburg, quien se convirtió en una importante referencia para mí. Muchos de los días en que lo visitaba en su casa me quedaba a dormir en su taller, hablábamos de pintura, lo veía trabajar, me llevaba a visitar el Moderna Museet o los frescos de las iglesias del siglo XV que hay en los alrededores de Estocolmo. ¡Y el autor de aquellos murales se llamaba «Albertus Pictor»!

Volví a Sevilla, y los consejos de mi padre y las experiencias de aquel año me ayudaron a tomar la decisión de matricularme en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Después de todo, como me decía mi padre, esa era una opción que me permitiría obtener un título universitario sin grandes dificultades para mí.

Aunque empecé la carrera sin demasiada vocación, asumí desde el principio, con total responsabilidad, las implicaciones de aquella decisión: si iba a estudiar Bellas Artes sería para hacerme pintor.

Años de formación

En el año 82 empecé Bellas Artes como cualquier otro alumno. En la facultad había clases de dibujo de estatua al carboncillo, bodegón al óleo, dibujo de desnudo, anatomía, procedimientos pictóricos, modelado, etc. Fue una formación académica que entonces, en plena efervescencia de «La Movida», sentía que me venía estrecha, pero que, pasado el tiempo, y con la búsqueda de mi propio camino, reconocí como un valor importante. Hoy, cerca de los sesenta años, considero fundamental para cualquier principiante el aprendizaje de los fundamentos técnicos de la pintura. Agradezco desde aquí, a cada uno de mis profesores, algunos de los cuales ya no viven, los conocimientos que, gracias a ellos, adquirí en aquellos años: Lola Sánchez, Francisco Maireles, Carmen Márquez, Rita del Río, Juan Cárceles, Manuel Ferrán, Alberto Oliver, Alfonso Pleguezuelo, Juan Carlos Arañó, Mercedes Espiau y muchos otros.

En mi afán por hacerme pintor enseguida alquilé un estudio con algunos buenos amigos y me entregué a la pintura de manera apasionada.

En aquellos años fui invitado a participar en algunas exposiciones colectivas y conseguí tomar contacto y empezar a trabajar con algunas galerías. Poco a poco me fui dando a conocer en aquella Sevilla efervescente.

Con juvenil vehemencia cultivaba la pintura y la petulancia con idéntico entusiasmo y, muy pronto, me sentí cualificado para pontificar sobre la enseñanza del arte y los profesores que la ejercían en mi facultad, y no de manera demasiado afortunada, por cierto:

En 1985, frustrado por la orientación academicista de la facultad, abandoné las clases presenciales y continué los estudios como alumno libre, mientras en mi taller me entregaba completamente a una intensa búsqueda estudiando a los artistas de mi interés, desde Cézanne a Miquel Barceló pasando por De Chirico o Sunyer. Tenía prisa y buscaba incesantemente un camino que sentía pulsar dentro de mí, mientras pasaba de una influencia a otra, de un estilo a otro.

Foto Pelle Bergström

El éxito y la crisis

En mis primeros años de dedicación profesional al arte las cosas me fueron bien; sobre todo a partir de 1988, año en que empecé a establecer una profunda relación con el Parque Nacional de Doñana. La poderosa influencia de aquel lugar fue dotando a mi obra de un carácter cada vez más personal, lo que me permitió ir ocupando un espacio propio en el panorama de las artes plásticas en Sevilla. Una obra que, decididamente, buscaba su fundamento en las coordenadas del Arte Contemporáneo.

Sin embargo, cuanto mejor me iban las cosas, cuanto más me impregnaba de los parámetros del Arte Contemporáneo y era acogido en galerías, ferias e instituciones, más y más confuso me sentía. De la pintura había ido derivando hacia las instalaciones, el land-art o la performance, y aquellos caminos, que transitaba con éxito creciente, también empezaron a generar en mí insatisfacción y dudas.

Un día de 1993 tomé consciencia de que yo era mucho más feliz sentado delante de un caballete con un lienzo y óleos que diseñando una acción artística para una galería o un museo. Me había dado cuenta de que para triunfar como «artista contemporáneo» iba a tener que renunciar a ser artista a secas. Y yo no estaba dispuesto a eso.

Había llegado la crisis.

La gran aventura

En 1993 volví al caballete y, junto a él, me aguardaban dos realidades que me resultaron dramáticas: me di cuenta de que mi formación pictórica era pobre y de que el mercado del arte ya no quería cuadros de caballete; y mucho menos de flores, como los que yo empezaba a pintar. La ruptura con el mundo del Arte Contemporáneo fue recíproca.

Tenía que formarme mucho más, pero no tenía profesor. ¡No tenía maestro!

Miré a mi alrededor preguntándome quién podría ser el mejor maestro del momento, dónde podría hallarlo, seguro de que allí donde estuviera yo lo encontraría y conseguiría que me aceptase. Y lo encontré, encontré al maestro de maestros.

Así que, recomendado, entré como alumno de don Diego Velázquez. En aquel entonces yo vivía entre Sevilla y Doñana y comencé a viajar con mucha frecuencia a Madrid para estudiar en el Museo del Prado.

Un nuevo y largo periodo de trabajo intenso y de estudio se extendió desde 1993 hasta 2008: desarrollo de la técnica y la composición en la obra de encargo, estudio de la historia, la mitología, la magia y la espiritualidad, la filosofía, el folklore y las tradiciones, la música, la literatura, todo despertaba mi interés. En los años ochenta me había formado a fondo en la premisa básica del Arte Contemporáneo, a saber, el desprecio por el conocimiento en favor de una exaltación del ego al servicio de un modelo cultural degradado.

Desde entonces acepté el reto de nadar contra corriente. Es duro, a veces muy duro. Pero don Diego Velázquez, el gran polímata, me ha guiado durante muchos años, hasta que un día redescubrí la lucecita en el horizonte de mi consciencia que siempre me había acompañado, y que me indica, sin asomo de duda, la dirección a seguir.

Han pasado los años y hoy vivo con mi familia en Madrid. Dedico mi tiempo a estudiar, a pintar y a enseñar arte en «El taller del aire» la escuela que fundé en 2017. Ya en 1995 empecé a compartir mi andadura con algunos alumnos que quisieron acompañarme, pues llega un momento en que si no se comparte lo que se va aprendiendo termina uno por amanerarse y estancarse. El profesor y el alumno se necesitan mutuamente.

Desde la experiencia de treinta y cinco años de dedicación profesional a la pintura, miles de horas de estudio y cientos de clases impartidas empiezo a comprender que todo está aún al principio, que en el Arte, todo está siempre por hacer.

Miscelánea de recortes